Érase una vez un Rey de un país muy muy lejano. Bueno, lejano, lejano… Eso depende desde dónde se mire. Era el Rey de España. Se llamaba Juan Carlos, y en 2014 abdicó, que es lo que se dice de los reyes cuando dejan su cargo. Desde entonces el Rey de España es su hijo, Felipe VI.

Juan Carlos es ahora era un Rey emérito. No reina, pero sigue ahí teniendo su título. “Emérito” viene de “mérito”. Es un título que se le da a una persona cuando deja de ejercer su cargo para reconocerle sus méritos mientras lo ejerció.

Porque mientras fue Rey, Juan Carlos había sido bien considerado y querido por su pueblo. No era demasiado criticado, y caía bien. Era un tío gracioso y simpaticote, y además había jugado un importante papel político en momentos difíciles para su país, cuando se pasó de la dictadura a la democracia.

Sin embargo ahora, cuando ya es emérito, han comenzado a salir a la luz algunos líos en los que estaba metido. Y hay quien dice ya que el que parecía un buen rey, al final nos ha salido un poco rana. Las males lenguas cuentan lo siguiente:

Un día, Juan Carlos habló con otro rey amigo de otro país muy muy lejano (también dependiendo de cómo se mire), de esos reyes exóticos que llevan turbante. Era el Rey de Araba Saudí.

Y el del turbante le dijo al de España: Juanqui, necesito que los españoles me hagan un trenecito que vaya a La Meca, que es la ciudad santa de nuestro pueblo, como sabes.

Y Juanqui le contestó: vale.

Pero el del turbante añadió: el problema es que me sale un poco caro, el trenecito.¿Tú podrías, Juanqui, hacer que las empresas españolas me lo dejaran un poco más barato?

Y Juanqui le contestó otra vez: vale. Si a cambio del favor, yo me llevo un dinerito.

Y aquí viene el lío. Porque al parecer Juan Carlos cogió el dinerito y se lo llevó a otro país muy muy lejano (también depende de cómo se mire) llamado Suiza. Es un país donde la gente rica acostumbra a llevarse el dinero para ocultarlo y no tener que pagar impuestos.

Allí estuvo el dinerito durante un tiempo, y después, según dicen también las malas lenguas, Juan Carlos se lo regaló a una amiga, una tal Corinna, con la que mantenía una buena relación (las malas lenguas dice también que algo más).

Y resulta que ahora se está descubriendo el pastel, y se investiga si el rey emérito cometió al menos dos delitos: cobrar un dinero a cambio de un trato de favor y llevárselo a otro país para ocultarlo. Lo de regalárselo a su amiga, o a quien quiera, ya es cosa suya.

Pero resulta que los reyes, ¡ay amigos!, tienen un as en la manga, que se llama inviolabilidad. Significa que no pueden ser juzgados por lo que han hecho mientras fueron reyes. ¡Las monarquías tienen esas cosas!

Hay algún procedimiento para cambiar eso de la inviolabilidad, pero es muy requetecomplicado, porque hay que modificar la Constitución, disolver el Parlamento, convocar nuevas elecciones… Es decir, un lío de tres pares de narices.

Así que en estas estamos: con el Rey emérito tratando de escaquearse del asunto, los partidos políticos intentando sacar ventaja del lío, nosesabequién disfrutando de los dineritos… Y el resto de los españoles, preocupados por sobrevivir en mitad de la crisis económica provocada por el dichoso coronavirus.

El coronavirus emérito. Porque también ha hecho sus méritos, el dichoso bichito.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. De momento.

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