¡Protesto, protesto y protesto!

Hoy en En plan noticias estamos protestones. Como atentos observadores de la realidad que seguro sois, habréis notado que últimamente el mundo se está llenado de protestas. Y nosotros no queremos ser menos. Hong Kong. Chile, Bolivia, Colombia, Irak, España incluso… ¿Por qué no paramos de protestar?¿Está bien eso de gritar y gritar contra los gobiernos? ¿Tienen todas estas protestas algo en común? Vale, no protestéis más, que ya dejamos de hacer preguntitas. Ahora vamos a responderlas.

Lo que parecen tener en común todas estas protestas es que su éxito depende en gran medida del manejo de una nueva herramienta de convocatoria: las redes sociales. Antes, los movimientos de protesta solían tener un liderazgo claro, asumido por algún grupo opositor al gobierno, por sindicatos, por organizaciones no gubernamentales, etc.

Ahora, el liderazgo no está tan claro. Los protestas de hoy son mucho más espontáneas y anónimas. Y más ágiles y efectivas. Y sobre todo, al no contar con un líder claro, para los Gobiernos afectados es mucho más difícil controlarlas o descabezarlas.

Los sesudos analistas internacionales – que como su nombre indica son señores con mucho seso que se dedican a analizar la actualidad internacional – coinciden en señalar algunas de las causas que más se repiten en las actuales protestas:

1.- El dinerito: las medidas de austeridad que los gobiernos toman en épocas de crisis afectan sobre todo a las clases más desfavorecidas. Y los ricos casi ni las notan. A los más pobres, claro, se les inflan las narices, lo interpretan como una injusticia y se echan a la calle. Es lo que está ocurriendo en Ecuador, Chile o Colombia.  

2.- La corrupción: cuando los gobernantes se dedican a hacer lo que les da la gana y a enriquecerse con el dinero de todos, al pueblo le acaba saliendo el humo por las orejas y no le queda otra que protestar. Es lo que sucede, por ejemplo, en Irak o el Líbano.

3.- La falta de libertades: los regímenes poco o nada democráticos no permiten que la población pueda pensar de manera diferente a la que imponga el Gobierno. Las narices del pueblo se inflan más y más. Las orejas vuelven a echar humo. ¡No queda otra que protestar! Hong Kong es un caso muy claro de este tipo.

4.- Los conflictos políticos: se dan en países en los que hay posturas políticas muy enfrentadas entre diferentes partidos. Los sistemas democráticos tampoco funcionan demasiado bien en estos casos. Y las discrepancias acaban en enfrentamientos violentos. Es el caso de lo ocurrido en Bolivia.

5.- Los conflictos sociales: los gobiernos que van muy a lo suyo, que no son pocos, suelen dar menos importancia de la que merecen a los asuntos sociales, a temas como la igualdad de género, los movimientos migratorios o el cambio climático. ¿Qué hacen las narices y las orejas de los ciudadanos preocupados por tales asuntos? Pues inflarse y echar humo, respectivamente. Las manifestaciones globales que últimamente se ha producido en protesta por el cambio climático son el más claro ejemplo.

Lo siguiente que habría que preguntarse es: ¿están justificadas todas estas protestas? ¿Debemos los ciudadanos protestar ante toda situación que consideremos injusta?

Organismos defensores de los derechos humanos, como Amnistía Internacional, insisten en que protestar no es un delito, sino un derecho humano.

Pero la cosa deja de estar tan clara cuando las protestas se producen de manera violenta y entran en juego otra serie de consideraciones o factores, como el hecho de poder causar daños a personas inocentes. Ahí, la protesta perdería toda su justificación.

Luego está el asunto de cómo es la reacción de los gobiernos ante las protestas, si es o no desproporcionada. Los principales problemas se producen en los países menos democráticos, que suelen optar por métodos violentos y represivos. Ahí es el Gobierno de turno el que pierde toda su razón.

Un sistema democrático que funcione como es debido debería ser capaz de permitir que: 1.- el pueblo proteste pacíficamente, 2.- que los gobernantes escuchen las reivindicaciones, y 3.- que en el caso de que el pueblo tenga razón, el Gobierno atienda las peticiones como merecen.

Así, las narices dejaría de crecer y crecer. Y todos daríamos palmas con las orejas.

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