Encuestas y más encuestas

 

¿Te han hecho alguna vez una encuesta? No, no vale que tus padres te hayan preguntado que qué prefieres para desayunar, si magdalenas o tostadas. Nos referimos a las encuestas que se hacen siempre antes de que haya elecciones. Probablemente no, porque muchos no habréis cumplido los 18. Pero teniendo en cuenta que solo el pasado fin de semana se publicaron media docena de ellas, hay gente por ahí que se debe pasar el día preguntando y preguntando. Pero, ¿sirven para algo las encuestas?

Una encuesta es una herramienta de investigación que utilizan unos señores muy pesados que, a fuerza de preguntar y preguntar, recogen las opiniones de otros señores muy pacientes. Y estos, a fuerza de responder y responder, aportan datos suficientes para poder imaginar cuál podría ser la opinión de todita la población respecto a lo que se pregunta.

Las encuestas se pueden utilizar para muchas cosas, pero nos vamos a referir en concreto a las encuestas electorales. Siempre que va a haber elecciones (y últimamente las hay cada dos por tres) no paran de salir encuestas para tratar de adivinar con antelación cuál va ser el resultado final. ¿Y aciertan?

Como es normal, puede haber errores gordos. Pero la verdad es que si están bien hechas, suelen aproximarse bastante al resultado final.

Que una encuesta esté mejor o peor hecha depende de diversos factores. Algunos son estos:

Que la muestra, que es como se les llama a los señores pacientes que responde y responden, sea muy pequeña o que no sea representativa. Por ejemplo, que todos vivan en Blasconuño de Matacabras, provincia de Ávila, que tiene poco más de una docena de habitantes y que a lo mejor todos votan al mismo partido.  

Que se haga en un momento no apropiado. Por ejemplo, que falten todavía tropecientos mil días para las elecciones. O que a uno de los candidatos se le acabe de morir el gato y eso genere cierto efecto de simpatía. Hacia el candidato, no hacia el gato ya, el pobre.

Que las preguntas no estén bien formuladas, o tengan una clara intención para favorecer a un determinado partido. Por ejemplo: ¿a quién prefieres, al guapete y elegante de Pedro Sánchez o al tipo descamisado de la coleta?

Que los encuestadores, en vez de dedicarse a preguntar, que es lo suyo, se pasen el día de cañas y luego se inventen los resultados. O que los encuestados también se hayan pasado el día de cañas y se dediquen a contestar bobada tras bobada.  

Luego hay que tener también en cuenta que no todo el mundo tiene claro a quién va a votar cuando se le pregunta. Ahí los encuestadores, muy hábiles ellos, recurren a un sin fin de trucos y argucias. Por ejemplo, echan mano de otro tipo de preguntas como:

Vale, si no tiene usted ni pajolera idea de a quién va a votar, que ya le vale, díganos al menos qué candidato le cae a usted más simpaticote.

O… ¿Me puede decir al menos, válgame el Señor, a quién voto usted en las anteriores elecciones, si es que se acuerdaaaaa?

Como con la mezcla de todos estos “ingredientes” los encuestadores preparan el “guiso” final, a todo este proceso lo llaman, qué graciosos, la “cocina” de las encuestas. Pero hay quien opina que no se deben mezclar tantos ingredientes, porque el plato puede resultar empalagoso. Y hay quien piensa que sí, que si no el caldito se queda muy sosote.

La pregunta final es: ¿sirven para algo las encuestas? Ahí hay opiniones para todos los gustos, pero lo cierto es que los políticos, si les son favorables, suelen aprovecharlas según su conveniencia durante la campañas electorales. O, si les son adversas, pueden reconducir el rumbo de la campaña hacia otros objetivos.

Y a los ciudadanos nos pueden servir como referencia, pero deberíamos tratar de no dejarnos influir por lo que piensan los demás, formarnos nuestra propia opinión y no atragantarnos con el mejunje de los cocineros.

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