Stranger things: el maravilloso monstruo de la adolescencia

Una serie en la que no aparecen ni youtubers ni influencers, nadie se descarga música de Spotify, los personajes no publican historias en su Instagram, en la banda sonora no sale J Balvin sino temas ochenteros como el mítico Should I Stay or Should I go, de The Clash… no puede gustar hoy a nadie. ¿O sí? ¿Has probado con Stranger Things?

Seguro que hace tiempo que estás siguiendo las historias de esta adorable pandilla de muchach@s de variadas edades en una pequeña ciudad de los EE UU en la década de 1980. Pero si no, date prisa, porque estamos ya en plena tercera temporada en Netflix. Y pasan “cosas extrañas” que no te puedes perder, aunque no seas ochentero.

La primera parte fue especialmente original e inquietante, la segunda resultó algo más flojita, la verdad, y esta tercera … (procuraremos no hacer spoiler, entre otras cosas porque aún no la hemos visto entera) diremos solo que promete mucho juego y ofrece grandes novedades.

Sobre todo porque aparenta ser una serie más madura, no solo en lo que respecta a la edad de sus personajes principales, que también , sino en una mayor complejidad de los guiones y en la creación de interesantes e inquietantes historias independientes pero que avanzan en paralelo y se van complementando unas a otras.

Y por el acierto de sumergir a la pandilla principal en plena adolescencia, con todo lo que ese palabro supone y significa, una época maravillosa de la vida, no digo que no, pero algo alocada e impredecible, no digo que tampoco.

El pistoletazo de salida a esa “época maravillosa” lo da la turbulenta relación entre Eleven y Mike, a la que pone música desde el principio el también himno ochentero Never Surrender, de Corey Hurt. Y siempre con monstruos, sucesos sobrenaturales y malos malísimos de por medio, que no les dejan tranquilos.

Hemos de confesar una debilidad personal (en el buen sentido): el personaje de Dustin (Duftin, dicho sin dientes), que sigue llenando la pantalla cada vez que aparece en escena con intervenciones que nunca tienen desperdicio. El muchacho nos presenta ahora a su novia Suzie, con z (dicho con y sin dientes), con la que se comunica mediante un artilugio radiofónico que lo mismo le permite cantarse un delicioso Neverending story  a dúo con su chica (ochentero, cómo no) que capturar las conversaciones de los rusos.  

Ah, ¿pero hay rusos? Pues sí, también hay rusos. Y alcaldes corruptos, y centros comerciales de estética pretendidamente hortera (como Dios manda en los ochenta, que no sabéis lo que os perdisteis los jovencitos), y un socorrista cachas con más peligro que un barbero con hipo, y ratitas no muy presumidas que llevan dentro sorpresa sorpresa, y… cosas extrañas, ya lo dice el título.

Una debilidad más (también en el buen sentido): el jefe Hopper, un personaje que en esta tercera parte crece y crece, y se presenta como un carácter lleno de matices y giros imprevisibles que le permiten pasar de lo odioso a lo entrañable con sorprendente facilidad.

Una de las señas de identidad de la serie ha sido y sigue siendo el esperado cliffhanger al final de cada capítulo. No, no se trata de una “stranger thing”, sino de un recurso narrativo consistente en finalizar los capítulos cortando la escena en una situación extrema e impredecible, dejando así al espectador deseoso de ver el siguiente capítulo,qué nervios, y acordándose al mismo tiempo de la madre que parió al guionista.      

¿Qué? ¿Vemos Stranger things o jugamos a Dragones y Mazmorras?


Hacer spoiler: Viene del verbo inglés “to spoil”, estropear. Consiste en anticipar la trama de una peli, de un libro o de una historia. Es decir, lo que hace el típico amigo plasta que se nos sienta al lado en el cine y nos va contando lo que va a pasar antes de que pase. ¡Que es que lo matabas!

Cliffhanger: expresión que se puede traducir como “colgado en el precipicio” o “al borde del abismo”, y que hace referencia a un recurso consistente en cortar una escena en lo más interesante para crear suspense en la narración, ya sea en el cine, en la literatura o, por qué no, en la vida misma, que hay gente muy loca por ahi.        

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