¡Ya tenemos fecha para la Sesión de Investidura!: el 22 de julio. Para los más despistados, recordemos que se trata de la reunión del Parlamento para elegir, por fin, a nuestro presidente del Gobierno. Pero no nos vayamos por las ramas y retomemos el asunto donde lo habíamos dejado: ningún partido ha obtenido mayoría absoluta y, por tanto, hay que recurrir a los pactos.

Lo que están haciendo estos días los partidos, y podrán seguir haciendo hasta el día 22, es tratar de llegar a pactos y acuerdos para que un candidato  consiga esa ansiada mayoría absoluta (que no ha conseguido él solito) con el voto de otros partidos. En este caso ese candidato sería Pedro Sánchez, del PSOE, que por ser el partido que más votos ha obtenido es el que en teoría lo tiene más fácil.

¿Y en qué consisten los pactos? Pues en líneas generales viene a ser algo así como que  tú me das tus votos para poder salir elegido y yo te dejo que gobiernes un poquito conmigo: se podría formar un gobierno conjunto con ministros de varios partidos, repartir altos cargos en algunos ministerios, pactar políticas conjuntas en determinados asuntos… Aquí en principio vale todo, siempre dentro de la legalidad, de la honradez y del buen hacer que se les supone a los políticos. Incluso, por qué no, que alguien invite a una buena barbacoa y a unas cervecitas.

De lo que se trata es de que el día 22, el candidato sea elegido en una primer votación por la mitad de los votos más uno. En el caso del actual Parlamento, por 176 votos.

Puede ocurrir que no, que por mucha barbacoa y cervecitas que haya habido, el resto de partidos le digan al candidato que te va a votar tu papa. Que nadie se alarme, porque hay posibilidad de una segunda votación en la que ya solo se necesita mayoría simple, es decir, que haya más “síes” que  “noes”.

Es un poquito más fácil, porque puede haber abstenciones, pero también puede ocurrir que, porque la barbacoa haya salido chamuscada y las cervezas estuvieran calentorras, o por lo que sea, el resultado siga siendo que no, que no y que no.

La cosa se pone entonces más fea, y se abre un plazo de dos meses desde la primera votación para que el mismo u otro candidato consiga nuevos acuerdos. Y si no hay acuerdo y ya no queda nada en la nevera, el Rey va y…¡chas!, disuelve el Parlamento.

Lo cual significa que habría que convocar de nuevo elecciones y que alguien (mejor que no sea el Rey) tendría que ir a comprar más carne y más cervezas.

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